Fundación Universitaria Luis Amigó
 
    NÚmero 6 • Junio 2003
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Sandra Amparo Ríos                
Estudiante de Séptimo Semestre de Psicologia con EPS
FUNLAM
Salvador Dalí
I Primi Giorni di Privavera, 1929.
Salvador Dali
El lugar del terapeuta, del paciente y del lenguaje en la intervención clínica
 
“La dirección de la cura es como la dirección del viento señalada por una veleta” 1.


Tratar de definir el lugar del terapeuta, del paciente y del lenguaje en la intervención clínica es imposible sin antes pensar en estos tres elementos como un movimiento o una melodía armónica y trial necesaria para una nueva “composición”, lo que nos lleva a tomar a cada uno de ellos como condición indispensable sin la cual no se daría la cura, o en el caso de la melodía una nueva composición, con un sufrimiento más moderado y con un anhelo de alcanzar una transformación subjetiva.

En esta composición o movimiento armónico, el lugar de la escucha activa le corresponde al terapeuta (director de orquesta), quien debe siempre y en todo momento abrirse al discurso del otro, abrirse a la melodía que le está proporcionando el “paciente”, en una actitud desprejuiciada y libre, procurando siempre detectar los valores que rigen su vida, los aspectos que haciendo parte de su propio discurso obstaculizan la consecución de sus propósitos o se oponen a ellos por contravenir su deseo, marchitando la composición.

La posición de no saber, “posición de docta ignorancia” que se atribuye a éste, deberá estar siempre encaminada a mantener un interés constante por analizar el discurso, la nueva creación y encaminarse a provocar en el paciente conocimientos que le servirán para su cura, para su nueva composición, es decir, elementos que tocan con su ser, con su goce y con la moderación del sufrimiento para poder afrontar su existencia en el mundo, él debe convertirse en el provocador de la producción del paciente, en el provocador de la melodía más no querer usurpar el lugar del productor, del compositor.

Lacan plantea de manera genial como en la cura no hay dos sujetos, solo hay uno, porque allí el terapeuta es colocado en el lugar de objeto más no de sujeto: “en el lugar de la enfermedad propiamente dicha aparece una nueva artificialmente provocada, esto es, ”la neurosis de transferencia” donde los objetos tan variados como irreales de la libido quedan sustituidos por uno solo, aunque igualmente fantástico: el analista” 2, el cual se convierte en una vía segura para conducir al sujeto en el reconocimiento de su deseo, deseo que se pone en juego en la transferencia; la transferencia se correlaciona con la verbalización, la verbalización es la paciente lo que la transferencia al terapeuta.

La cura se estructura a partir de un vínculo, pero no desde el vínculo del enamoramiento como tal, sino desde la transferencia, la cual no es un enamoramiento, pero moviliza el amor en una vertiente diferente: en lugar del ideal, ideal que juega como semblante; el terapeuta se coloca como semblante del saber: Hacer como que sabe, pero nunca le dice al paciente que no sabe; es este movimiento precisamente lo que hace que el sujeto produzca, su creencia en este ideal; Lacan ve en la transferencia una vía segura para conducir al sujeto hacia el reconocimiento de su saber, su deseo, la construcción de su verdad, que es una verdad única, particular e irrepetible.

Pero este movimiento armónico no se produciría sin la palabra del paciente; decíamos un poco antes que la verbalización es la función del paciente, mientras que la del terapeuta es la escucha, cuyo efecto es el manejo de la transferencia que replica la trama edípica donde el analista es colocado en la posición de objeto y a partir de allí, moviliza el deseo expresado en la palabra; es solo a través de la verbalización, la palabra o el lenguaje que el paciente produce cadenas de significantes a las que se le puede atribuir un sentido –sentido para el propio sujeto-, a través de ella el mismo paciente debe llegar a la comprensión de sus problemas y buscar posibles vías de solución. Su lugar es entonces el de la producción, la composición, la creación; producir su verdad, su saber sobre su propio ser, verdad que es única y personal y que solo el puede dar cuenta de ella; producir un saber sobre su deseo y asumir una actitud responsable que le permita tomar posición frente a su destino y dejar de culpar a otros.

Pero, ni terapeuta ni paciente pueden construir una nueva composición sin la palabra, la palabra del sujeto en sus dos dimensiones, lo explícito y lo implícito, es ella la que permite dar cuerpo a los tres registros del sujeto: lo real, lo simbólico y lo imaginario.

Sólo a través del lenguaje, de la palabra, el inconsciente se manifiesta, porque cuando una persona habla se devela y es allí donde puede comenzar a construir la pregunta por su ser, por su falta, por su deseo.

El sujeto puede expresarse de muchas otras formas como los gestos, las imágenes, los actos, formas de expresión que son importantes y hacen parte de sí, pero lo que se privilegia en la intervención es el análisis del discurso simbolizado en palabras. Cuando un sujeto verbaliza se producen en él dos movimientos: uno de articulación discursiva y otro socializador, y esto lleva a que al hablar haya cambios en la manera como se encontraba articulado el discurso, se realicen elaboraciones de sucesos antes incomprendidos, permitiendo nuevos encadenamientos o nuevas melodías que muestran vías de solución al sujeto para lo que parecía insoluble y le permite comprender que no está solo y que hace parte de una sociedad que debe aprender a asumir.

Tres movimientos sincrónicos, continuos, correlacionados, que se unen en una melodía al unísono para construir una nueva composición sobre lo que ya estaba escrito, pero que al tocarse nuevamente con otros aires y otros arreglos, se oye menos repetitiva, menos pesada y más llevadera. Una composición que se ha realizado gracias al deseo del sujeto –paciente– y bajo la dirección de un director de orquesta maravilloso.

Para mi, los lugares en la intervención clínica son los lugares de una buena composición, la cual si se realiza de manera coordinada da lugar a una gran melodía, que perdurará por siempre y tendrá éxito. Lacan asemeja la dirección de la cura a la dirección del viento señalada por una veleta; en donde el viento es la palabra del sujeto y quien pone dirección a la cura es la palabra del sujeto y la veleta es la función del analista quien señala la dirección para saber a donde va su discurso y que verdades está develando el sujeto.

BIBLIOGRAFÍA

LÓPEZ, Adolfo León. El Método Analítico (Tesis de grado). Capitulo 2.2 La transferencia Pág 65-78 y capitulo 3 La posición del Analítico en el Método analítico. Pág 99-116 Medellín: Universidad de Antioquia.
 

1 LACAN, Jaques. Escritos 2. capitulo La Dirección de la Cura y los Principios de su Poder. Buenos Aires: Siglo XXI, Editores, 1989.
2 LOPEZ, Adolfo León. “El Método analítico” (Tesis de grado). Capitulo 2.2 la transferencia. Pág 70. Medellín. Universidad de Antioquia.
 
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