Fundación Universitaria Luis Amigó
 
    NÚmero 6 • Junio 2003
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Miriam Ríos Madrid                
 
Docente Investigadora FUNLAM
Salvador Dalí
Niño geopolítico observando el nacimiento del hombre nuevo, 1943
St. Petersburg (Fl), The Salvador Dalí Museum
( E. and A. Reynolds Morse Collection).
Cómo fomentar en el profesional en formación el desarrollo de la capacidad de análisis y el juicio crítico que le permitan una visión universal de los problemas fundamentales de su disciplina
 
Textos e informes académicos y críticos, han señalado reiteradamente la mala preparación académica de la que adolecen los estudiantes cuando ingresan a la universidad. Antes, se decía, que al menos llegaban con la memoria desarrollada, ahora, lamentan algunos, ni siquiera este aspecto, tan desvalorizado por algunas posturas pedagógicas, forma parte de la dotación mental del bachiller. Así, pedagogos y maestros en acción son unánimes en denunciar este gran vacío cognitivo generalizado, cuyos efectos pueden observarse no sólo en la obstaculización de procesos al interior del aula, sino, en la mediocridad que ostentan muchos profesionales.

En términos piagetianos, podría decirse que un amplio porcentaje de los alumnos que llegan a la universidad, no han alcanzado un “pensamiento operacional formal”, y, más bien, muestran una permanencia en la etapa de las “operaciones concretas”, cosa que los constriñe al manejo de unos procesos cognitivos, si se quiere, elementales, vedándoles prácticamente el acceso a la introspección, la abstracción, el pensamiento lógico y el razonamiento hipotético.

Resulta más bien raro, encontrar entre los admitidos a las universidades, estudiantes con juicio crítico, capacidad de análisis, comprensión lectora, nivel de escritura coherente y clara, entre otras cualidades deseables para iniciar con paso firme un proceso de formación profesional.

Lo anterior no quiere decir que se idealiza un pasado en el que los estudiantes sí poseían tales atributos, sólo se pretende señalar que en la actualidad, éste no es un fenómeno visible.

Sobre las causas de tal problema, se han argumentado todo tipo de factores, desde la deficiente educación primaria y secundaria con su cuasi promoción automática, hasta la desnutrición y la abundancia de madresolterismo y hogares destruidos por el derrumbe de la familia monogámica.

Sean estos o aquellos, los factores etiológicos, lo concreto es que la universidad, pública o privada, tiene que vérselas con tal asunto, y tratar de, sino remediar, al menos, paliar sobre la marcha el problema y sus impactos.

Para el estudiante que se forma como psicólogo, resulta particularmente importante la adquisición de habilidades de orden superior, entre las que podrían contarse el análisis, la comparación, la inferencia, la evaluación, la planeación, la interpretación, la anticipación, la crítica, entre otras, necesarias también en el ejercicio de las variadas disciplinas, pero que en la Psicología cobran un carácter de imperativo, dada la complejidad de los fenómenos humanos que aborda. En él, como en otros profesionales de las ciencias sociales y humanas, resulta funesto un tipo de pensamiento al que podríamos denominar “erudito”, en el sentido de poseer gran acumulación de conceptos y teorías, que pueden deslumbrar en ocasiones, pero que se limitan a estar superpuestas, acumuladas en la mente, susceptibles de “recitarse”, pero que no son instrumento de análisis, comprensión y transformación de la realidad. Desafortunadamente, muchos de estos profesionales se gradúan en las facultades de Psicología.

Ahora bien, antes de intentar responder a la pregunta inicial, tendríamos que entrar a precisar cuáles serían esos “problemas fundamentales” de que se ocupa la Psicología. Frente a una hipotética pregunta de este tipo, surgirán muy posiblemente cantidad de respuestas, determinadas por la escuela en la que se ubique el interrogado, su gusto personal, sus conflictos psíquicos, y hasta por sus creencias religiosas; toca, pues, hacer un ejercicio de reflexión, cuyo resultado estará inevitablemente impregnado de una alta dosis de subjetividad.

A mi parecer, del amplio abanico de posibilidades que muestra lo humano, fuente inagotable de la Psicología, podrían aislarse unos asuntos básicos frente a los que cualquier psicólogo, en cualquier momento, habrá de interrogarse.

Son ellos, la muerte, el amor, y la dicotomía salud- enfermedad psíquica. Al interior de la categoría “muerte” cabe pensarse el asunto del “sentido de la vida” y la presencia en el hombre de una tendencia destructora y autodestructora; en la categoría “amor” estarían comprendidas todas las relaciones humanas, involucren o no la pasión sexual; la dicotomía “salud- enfermedad psíquica, nos permite asomarnos a ese profundo abismo que parece ser la locura, bordeando a su vez, los estrechos márgenes de la pretendida salud mental. Los tres, a su vez, permiten que se les aborde desde determinados ángulos, no sólo psicológicos, sino filosóficos, mitológicos, históricos y literarios, y que para su comprensión se pongan en circulación los más variados conceptos y teorías psicológicas.

Tenemos así formulados lo que a nuestro juicio serían esos problemas fundamentales de la Psicología, veamos ahora lo que podría llamarse un esbozo de propuesta cuyos aspectos permitirían desarrollar en los estudiantes de Psicología el juicio crítico y la capacidad de análisis, necesarios para tener una visión universal de dichos problemas.

La propuesta, apunta a señalar la necesidad de un apoyo curricular en tres pilares básicos:
  • Procesos de lectura y escritura rigurosos.
  • Formación interdisciplinaria.
  • Conocimiento de sí mismos.

Respecto a la primera serie, es pertinente recordar que estas dos actividades son casi desconocidas por la mayoría de los estudiantes que inician la formación universitaria, observándose, incluso, un gran desprecio por ellas. Bajo el argumento de que en la actualidad prima lo audiovisual, la muerte del libro se ha pregonado desde diferentes ámbitos.

Este sería el problema quizás más evidente con el que se encuentran los docentes universitarios. La ausencia de lecturas previas, y lo peor, el poco deseo de leer y escribir que manifiestan los alumnos, aún los de carreras humanísticas, se constituye, la mayoría de las veces, en un obstáculo ante el que las más versátiles didácticas y pedagogías fracasan.

Es indudable que la lectura aporta al sujeto un bagaje conceptual a partir del cual puede intentar un acercamiento e interpretación de los diferentes fenómenos de la realidad; igualmente, le brinda la posibilidad de conocer multitud de teorías y pensamientos construidos a lo largo del tiempo, sobre los más variados temas, al lado de los cuales podrá colocar sus propias ideas, asumiendo una posición crítica y reflexiva, luego de haberse sentido profundamente sacudido en lo más profundo de sus convicciones e ideas.

La lectura es un acto que involucra la subjetividad del lector, moviéndolo de sus paradigmas eternos y movilizando cantidad de resistencias, en una dialéctica de la que necesariamente saldrá algo: análisis, crítica, oposición, nuevos postulados. La exigencia de la lectura y escritura rigurosas, en cada uno de los cursos impartidos desde el primer semestre, llevará al estudiante por la vía de la adquisición del juicio crítico y la capacidad de análisis a partir de la confrontación, comparación y refutación de pensamientos y teoría disímiles. Al respecto, podrían unificarse criterios sobre la presentación de ensayos, relatorías y protocolos a partir de los cuales el alumno dará cuenta de los avances en el proceso.

Como efectos colaterales de la lectura y escritura, orientados al desarrollo del juicio crítico y la capacidad de análisis, tendríamos la escucha y la discusión como competencias a desarrollar.

La escucha, condición sine qua non de la discusión, es también la herramienta fundamental con la que cuenta el psicólogo para acercarse a la realidad psíquica de los pacientes. Psicólogos sin capacidad de escucha parecen inconcebibles, pero cuando se dan, son profesionales planos, incapacitados para la confrontación y la discusión, actos que permiten la adquisición de nuevos conocimientos, flexibilizando los viejos. Sólo quien escucha es capaz de discutir, y quien discute, permite, en términos de Heráclito, que nuevas aguas lleguen hasta él. Para la formación del psicólogo resultan particularmente importantes estos dos aspectos, de los cuales se derivarán, a su vez, una postura crítica frente a teorías y contrincantes reales o ficticios y la posibilidad de desglosar los discursos en sus múltiples partes. Ante esto, la mejor sugerencia sería la adopción al interior de los cursos, hasta donde se pueda, de una metodología basada en la mayéutica socrática que permita al estudiante formar tanto la escucha como la capacidad de discusión.

Tenemos así que la lectura brinda elementos que permiten el desarrollo de la escritura y la capacidad de discusión, que a su vez requiere el arte de la escucha. La presencia de una buena proporción de estas habilidades en cada uno de los estudiantes de Psicología, daría a la larga, como resultado, profesionales críticos, capaces de mirar la realidad de manera objetiva, de razonar, de sistematizar ideas, de sacar conclusiones lógicas y formular hipótesis.

Como segundo pilar en el que se debe apoyar la formación del psicólogo, tenemos la interdisciplinariedad. El psicólogo, más que cualquier otro profesional requiere un gran conocimiento sobre otras materias que se han ocupado del hombre en sus más variados aspectos.

Un psicólogo formado en los estrechos marcos de la Psicología, tendrá, muy posiblemente, una visión muy cerrada y miope del ser humano. Bajo ningún pretexto, las facultades de Psicología deben omitir de sus currículos, cursos de historia, antropología, filosofía, sociología, literatura, pedagogía, entre otras disciplinas; más aún, dichos cursos deben figurar como obligatorios.

Pocas cosas incrementarán más en el estudiante la capacidad de análisis y el juicio crítico, que la multiplicidad de puntos de vista que sobre lo humano puede darle una formación con base interdisciplinaria. No puede olvidarse, que el psicólogo es un profesional convocado frecuentemente a mesas de trabajo y a colectivos en los que tiene que interactuar con profesionales de todas las áreas del saber, pero fundamentalmente, de las ciencias sociales y humanas; así, le es supremamente necesario, el conocer mínimamente el lenguaje básico de tales disciplinas, fuera del aporte que en términos epistemológicos y prácticos, ellas han hecho a la Psicología.

Para tomar sólo un ejemplo, basta señalar la gran deuda que tiene la Psicología con la filosofía, fruto de ese largo pasado simbiótico que cubrió de Grecia a Leipzig, en una historia cargada de conceptos y personajes que todavía hoy, hacen guiños y coquetean a La Psicología de ésta, la era científica.

Un psicólogo sin una formación filosófica, resultaría así, un producto risible, un amnésico, un chamán de segunda, conjurador del presente, pero ignorante del pasado, padre y madre de todo.

Igualmente podríamos decir de la historia, la literatura y la mitología. La Psicología es deudora de todas ellas, y una y otra vez, ellas retornan, deben estar presentes en cada uno de los problemas que aborda, que intenta dilucidar, dándole luces en sus eternas discusiones sobre los eternos problemas humanos, en las hipótesis que formula, en los análisis a que la convocan de un lado y otro.

Por último, vale la pena considerar lo que hemos llamado el “conocimiento de sí mismo”, que incluye fundamentalmente la toma de conciencia por parte del profesional que se forma en Psicología, de la necesidad de una psicoterapia propia. Desconozco hasta que punto esto podría tornarse en una “exigencia” y por lo tanto en condición necesaria para optar al título, pero, al menos, en caso de que esto último sea legalmente improcedente, la academia sí debe luchar con todos sus medios, por lograr que el estudiante a la par de su formación académica, realice, cuando no un psicoanálisis, al menos un trabajo dirigido de introspección que le permita acceder a sus propias profundidades. El imperativo délfico, “conócete a ti mismo”, debe ser también el imperativo del psicólogo.

El conocimiento propio, en el que de manera reiterada se requiere del análisis y la crítica, permite una visión de sí mismo que a la vez puede tornarse en universal ya que las particularidades de un hombre hablan también de eso que es universal (la muerte, el amor, la locura y la razón).

Freud señaló hasta la saciedad la importancia del “análisis” para cada uno de aquellos que se dedican al psicoanálisis, poniéndolo como condición sine qua non para tal ejercicio. No veo por qué la Psicología deba quedarse atrás frente a tal exigencia, pues el hecho de no ser para ella el inconsciente su principal asunto, no excluye la presencia de éste en psicólogos y pacientes, en cada uno de sus actos, en cada una de sus palabras.

Veamos lo que señala Freud refiriéndose a los médicos, sobre las condiciones que éstos deben tener para ejercer el psicoanálisis: “Ahora bien, si el médico ha de estar en condiciones de servirse así de su inconsciente como instrumento del análisis, él mismo tiene que llenar en vasta medida una condición psicológica. No puede tolerar resistencias ningunas que aparten de su conciencia lo que su inconsciente ha discernido; de lo contrario, introducirá en el análisis un tipo de selección y desfiguración mucho más dañinas que las provocadas por una tensión de su atención conciente. Para ello no basta que sea un hombre más o menos normal; es lícito exigirle, más bien, que se haya sometido a una purificación psicológica, y tomado noticia de sus propios complejos que pudieran perturbarlo para aprehender lo que el analizado le ofrece. No se puede dudar razonablemente del efecto descalificador de tales fallas propias; es que cualquier represión no solucionada en el médico corresponde, según una certera expresión de W. Stekel, a un “punto ciego” en su percepción analítica”.1

Es claro que Freud se refiere aquí al ejercicio del psicoanálisis, diferente al de la Psicología, pero su observación nos da pie para pensar el caso del profesional que nos ocupa, en cuyo ejercicio trabaja con la psiquis. No es sólo el peligro que representa al no estar preparado para esta labor, sino también las implicaciones éticas y de status social de la profesión, a la que no hace honor. Es decir, difícilmente se concibe un buen profesional de la Psicología, si el estudiante no se ha abordado a sí mismo. Poco tendrá qué decir alguien sobre los problemas fundamentales del hombre, si antes no los ha reconocido en su propio ser, si él mismo no tiene grandes interrogantes o no ha intentado resolverlos. El juicio crítico y la capacidad de análisis, se afianzan, por no decir empiezan, en los actos de introspección, en el ejercicio cotidiano de asumir esa “mayoría de edad” que permite pensar por sí mismo, enfrentarse a sí mismo, actos a los que ningún psicólogo debe renunciar.
 

1 Freud, Sigmund. Obras completas. Tomo XII, Buenos Aires, Amorrortu, 1980, p. 115.
 
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