Interrogar a la psicología por su condición de discurso científico ya sea asumiéndola como una ciencia social, como una ciencia natural o como una ciencia que comparte ambas posibilidades, implica llevar la pregunta e instalarla en el contexto epistemológico e histórico social decimonónico, escenario donde se configura la llamada psicología científica, tanto en su nivel de discurso institucional como en su nivel de práctica científica y profesional específica.
Así las cosas, entendemos que el discurrir histórico-epistemológico de la disciplina psicológica en el mundo moderno puede considerarse a través de una doble perspectiva o tradición de análisis: por un lado tendríamos la perspectiva de lo que se podrían llamar psicologías representacionales o positivistas, en el sentido que lo propone Rorty (1983), es decir psicologías que asumen una posición ontológica y epistemológica realista donde se cree en la existencia de una realidad psíquica objetiva independiente del sujeto que la conoce y donde dicho sujeto cognoscente tiene la capacidad de re-presentarse en su mente dicha realidad de manera objetiva, produciendo así conocimiento objetivo de las mismas. Por otro lado, se contaría con una perspectiva de lo que se podrían denominar psicologías fenomenológicas, donde se asume que el sujeto es ante todo un ser de naturaleza simbólica que construye y consume sentidos, significados, motivos e intenciones; en esta tradición se asumirá que el objeto de estudio de la psicología será la dimensión subjetiva y simbólica de la acción individual y colectiva los hombres y las mujeres.
Ubicados en la primera perspectiva de la psicología, es decir, la representacional o positivista, tenemos que para investigadores como Piaget (1970), Wallerstein et al. (1996) y Fernández (2001) la reflexión y la teorización psicológica que hasta comienzos del siglo XIX había sido larga y dominantemente cultivada por el pensamiento filosófico especulativo y que, por tanto, tuvo su modo de producción y reproducción institucional en las facultades universitarias de filosofía; ya para la segunda mitad del mismo siglo dicha reflexión e investigación se separa de las facultades de filosofía, análogamente a como ya lo habían hecho la sociología, la economía y la política; buscando con dicho descentramiento constituirse así misma en una disciplina científica al estilo de la “nueva ciencia”, ciencia que sagradamente seguía los mandamientos del paradigma de las ciencias físico-naturales.
Dicho interés de constituirse en ciencia positiva, con legitimidad, rigor y reconocimiento científico llevo a que la naciente psicología pusiese en circulación todos los supuestos ontológicos, epistemológicos y metodológicos propios de las ciencias nomotéticas; lo cual posibilito el que la psicología terminara por definirse, no tanto en el campo social, sino principalmente en el campo médico y biológico. Es así, como rápidamente se llego a pensar y a sostener que la única psicología que podía aspirar a tener el status de científica serían las psicologías nomotéticas y objetivas, características que sólo eran posibles de ser atribuidas a las psicologías de corte fisiológico y experimental. Como consecuencia de lo anterior, es por lo que Wallerstein et al. (1996, p.31) sostiene que “esos primeros psicólogos trataban de ir más allá de la ciencia social para llegar a una ciencia biológica, y en consecuencia, en la mayoría de las universidades la psicología eventualmente se traslado de las facultades de fil osofía o ciencias sociales a las de ciencias naturales”.
Algunos ejemplos sobresalientes de investigaciones psicológicas realizadas al interior de esta tradición representacional o positivista son:
- La psicofísica elaborada por Gustav Theodor Fechner (1801-1887). Autor que fue considerado como paradigma del trabajo que debía llevar a cabo el psicólogo experimental, puesto que se dedico a investigar a fondo las relaciones entre las propiedades físicas de los estímulos ambientales y la intensidad de la experiencia de la sensación; así mismo, exploro el estudio sistemático y empírico de la actividad mental.
- La psicología wuntiana (1832-1920), que aunque es rica en contenidos y matices investigativos tiene su gran relevancia en sus afanes e intereses teóricos, los cuales consistían en recortar o procurar un ámbito definido de la Ciencia para la psicología. Es decir, W. Wundt ante todo, persiguió “justificar” la naturaleza científica del estudio del psiquismo (estructura de la conciencia); y esto lo hizo, en primer término a través de la construcción de un cuerpo teórico de principios psicológicos y, en segundo término a través del referendo experimental de dichos principios (laboratorio de Leipzig).
No obstante, para autores como Ibáñez (1990), la obra de Wundt contiene no una sino dos formas complementarias e inseparables de Psicología: una psicología de corte individual y experimental, que se corresponde con la anteriormente señalada; y una psicología de los pueblos (Volkerpsychologye) de corte cultural y comparado. Dimensión ésta última, que según Ibáñez, ha sido sospechosamente ignorada por la historiografía oficial de los manuales psicológicos.
- El conductismo de J. Watson, para quien el objeto de estudio de la psicología debe ser el comportamiento empíricamente constatable; por tanto, se reduce toda la realidad mental a sus equivalentes físicos y conductuales. En esta propuesta se presenta una renuncia a la utilización e investigación de conceptos como conciencia, mente, psiquismo y personalidad por ser considerados conceptos de tipo metafísico sin ninguna posibilidad de verificación empírica. Se reivindica el carácter empírico y experimental del conocimiento psicológico científico.
- El conductismo radical de B. F. Skinner, para quien la teoría, cuando lo permita el progreso de la psicología, debe reducirse a generalizaciones descriptivas obtenidas a partir de la observación y medición de conductas empíricas mostradas por un planteamiento científico positivo. Por tanto, el positivismo de Skinner defiende un acento metodológico y un retorno al estudio de la conducta observable y medible por el valor de la conducta misma, la cual estaba del todo sujeta a la determinación del entorno; de forma tal, que si este se encontraba controlado, aquella también.
- Los modelos computacionales o cognitivos de la mente. Modelos que asumen la metáfora del ordenador (tanto en versiones duras como en versiones moderadas) para explicar el funcionamiento mental de los sujetos (Miller y Simón, 1956). En estas propuestas aparece el sujeto como un sistema predominantemente activo, racional y cognitivo, que está sometido permanentemente a in-puts y out-puts informacionales y que tiene la capacidad de crearse representaciones y cogniciones mentales de los mundos naturales y sociales en los cuales se encuentra inmerso. Representaciones y cogniciones que se cristalizan en unidades informacionales estructuradas llamadas “esquemas”; “esquemas” que a su vez se operacionalizan mediante una serie de procesos y heurísticos cognitivos, muchos de ellos de naturaleza no consciente. Básicamente, nos encontramos frente a un enfoque psicológico que nos propone un sujeto capitalizador y procesador de información que dependiendo de la naturaleza de información que posea y de cómo la pro cese, de ello van a depender sus configuraciones subjetivas y sus niveles de salud o enfermedad mental.
Se hace necesario advertir que recientemente al interior de las tradiciones o enfoques cognitivos en psicología, se vienen proponiendo nuevas orientaciones que hacen más énfasis en el carácter discursivo y narrativo de la mente y la subjetividad que en el carácter representacional de la misma. Énfasis que las descentra de las tradiciones representacionales o positivistas de la ciencia y las acerca a tradiciones mas interpretativas y humanistas del conocimiento científico. Dichos nuevos enfoques de las psicologías cognitivas suelen ser conocidos en el mundo académico con los nombres de Psicología cognitiva constructivista, Psicología cognitiva post-racionalista y Psicología cognitiva narrativa. (Mahoney, 1996; Guidano, 1998)
Los anteriores breves ejemplos de investigación psicológica en una perspectiva representacional y positivista, nos permite señalar con Robles (1996) y Fernández (2001) que dicha tradición investigativa ha informado y tutelado de manera dominante a la mayoría de enfoques psicológicos a los que la Psicología académica tradicional les reconoce que configuran la historia de la psicología moderna. Tutelaje que para Fernández (2001), a pesar de los posibles efectos oscuros e incluso perversos que haya podido producir (algo que es inherente a la misma producción científica), ha promovido predominantemente una psicología científica empeñada intelectualmente en la comprensión intelectual del mundo humano-social, con un conjunto de ideas teóricas y experimentales heredadas, con una comunidad científica con tradiciones, instituciones y vínculos sociales propios y con grandes desarrollos a nivel aplicado y tecnológico.
Retomando la pregunta inicial, de interrogarnos por el carácter científico de la psicología, hay consensos suficientes al interior de la tradición representacionista de la ciencia, para afirmar que efectivamente la psicología es una disciplina científica o que al menos es una ciencia preparadigmática en el sentido kuhniano. Y a la pregunta ¿Si la psicología es una disciplina social o natural? Dicha tradición epistemológica, histórica e institucionalmente la ha colocado más en el orden de las ciencias naturales. (Ardila y Bunge, 1988).
No obstante, ha coexistido simultáneamente a la anterior tradición psicológica y desde sus mismos comienzos decimonónicos, la tradición de investigación psicológica que hemos llamado enfoque Fenomenológico. Enfoque que incluso tiene raíces históricas más lejanas que los mismos enfoques positivistas en la psicología (algunos autores hablan de los desarrollos aristotélicos como desarrollos de psicología cualitativa) y, que para enunciarlo de manera sintética, proponen que el campo de lo psicológico debe dar cuenta no tanto de la representación de los fenómenos en sí mismos y de los comportamientos humanos, sino que debe dar cuenta de lo significan estos fenómenos para los sujetos y de la intenciones que ponen los mismos en cada comportamiento realizado. Estás perspectivas psicológicas se reconocen participes de las tradiciones comprensivas y no positivistas en las ciencias humano-sociales y reivindican el carácter interpretativo e idiográfico, y no tanto el carácter explicativo-ca usal de los comport amientos humano-sociales. Algunos ejemplos históricos representativos de las psicologías vinculadas a está tradición son:
- La “psicología del acto” de Franz Brentano (1838-1917), para quién la psicología era la ciencia de los fenómenos psíquicos expresados como actos y procesos. Esto significa que los contenidos y procesos del yo y la conciencia son realmente los únicos fenómenos psicológicos y por tanto, los puntos de referencia de cualquier estudio psicológico. Brentano aspiraba a un método de psicología que permitiera describir los actos psicológicos en términos de la experiencia subjetiva de la persona; lo cual permitiría en consecuencia, poder describir los objetos del entorno como parte del proceso de percibir.
- La psicología fenomenológica de Wilhelm Dilthey (1833-1911), quien proponía una concepción de sujeto en términos de cambio y contingencia histórica. La psicología, como ciencia humana, buscaría entender la situación de los individuos a partir de la comprensión del significado de su acción y de la comprensión del punto de vista del actor; punto de vista que siempre va a estar influenciado por la posición que ocupa la persona en el tiempo.
- La psicología humanista o “Tercera fuerza”, denominación acuñada por Maslow (1968) para diferenciarla del conductismo (primera fuerza) y del psicoanálisis (segunda fuerza). Para este enfoque psicológico - cuyos principales representantes son Abraham Maslow, Carl Rogers, Viktor Frankl y Rollo May- los individuos por su propia condición humana son sujetos simbólicos y de sentido, con tendencias y potencialidades, que si no son coartadas en los procesos de socialización y subjetivación, ponen a las personas en situación de salud individual y social, es decir, llevan a los sujetos a procesos de autorrealización.
- La psicología social discursiva de Potter y Wetherell (1987) y Van Dijk (1985) que estaría orientada a desvelar lo que existe bajo las prácticas lingüísticas, en tanto que son una forma de acción social. También cabría incluir aquí las investigaciones sobre la explicaciones cotidianas de la conducta (Antaki, 1988), así como las propuestas sobre el análisis de las conversaciones de Sacks (1992).
- La psicología social retórica de Billig (1991), quien basándose en fuentes de la tradición retórica y la de los sofistas, se plantea trasladar el énfasis desde los aspectos procesuales, habituales en el enfoque cognitivo, hacia el contenido mismo del discurso, a las propias argumentaciones, pero siempre insistiendo en el carácter contradictorio del discurso cotidiano( en contra de los modelos gestálticos de coherencia y equilibrio cognitivo), y todo ello en el seno de un contexto social determinado.
- La psicología social construccionista de Gergen (1985) e Ibáñez (1990). Psicología que se inspira en el construccionismo social de Berger y Luckman (1979) y que como ellos, también combaten los postulados y fundamentos epistemológicos, teóricos y metodológicos de la psicología social experimental, que para el momento era la psicología social dominante. De acuerdo con Ibáñez (1990, p.226) esta perspectiva “ha ido emergiendo lentamente tras la crisis de la psicología social experimental como un intento de hallar una metateoría que pudiera representar una alternativa válida frente al modelo empirista de la ciencia que caracterizaba a la corriente dominante de la disciplina”. De igual manera Kennet Gergen (1985), considerado uno de los fundadores del construccionismo social, en su declaración programática elabora un alegato contra la concepción positivista de la ciencia, defendiendo la naturaleza social (sociohistórica) del conocimiento, en buena medida producto de intercambios, conversaciones, debates o negociaciones (prácticas sociales en suma) entre los propios investigadores, lo que le confiere un carácter de conocimiento cultural e históricamente situado. De este modo, lo que “parecen” explicaciones científicas no son sino un producto social. Así las cosas, la psicología social tradicional debiera ser objeto de una “deconstrucción (Shotter, 2001), a fin de determinar esos condicionamientos sociohistóricos y culturales que atraviesan su núcleo de conocimientos, y al mismo tiempo, comprender cómo ella misma “construye” de hecho la realidad a través de sus prácticas y sus propios discursos.
Las anteriores perspectivas psicológicas, posicionadas explícitamente en tradiciones de conocimiento científico de tipo complejo y no positivista, suelen autodefinirse más como disciplinas del campo de lo humano-social que como disciplinas naturales; aunque incluso muchas de ellas problematizan dicha separación o deslinde radical, que consideran un producto del pensamiento moderno. La ubicación y posicionamiento de estas perspectivas psicológicas en las instituciones universitarias, en correspondencia con sus elecciones epistemológicas, teóricas y metodológicas, por lo general han estado agenciadas por las facultades de ciencias sociales.
Capitulo aparte, en el escenario de los discursos “Psi”, es el caso del Psicoanálisis freudiano y todas psicologías por él informadas, que en opinión de Wallerstein (1996) históricamente ha sido la teorización más fuerte e influyente en el campo psicológico. Teorización, que para dicho autor, perfectamente pudo haberse autodefinido como una ciencia social pero que “no lo hizo por dos razones. Ante todo, porque surgió de la práctica médica; y en segundo lugar, porque su cualidad inicialmente escandalosa la convirtió en una especie de actividad de parias, lo que llevó a que los psicoanalistas crearan estructuras de reproducción institucional totalmente fuera del sistema universitario. Es posible que eso haya preservado al psicoanálisis como práctica y como escuela de pensamiento, pero también significó que dentro de las universidades los conceptos freudianos hallaran lugar principalmente en departamentos que no eran el de psicología” (Ibid, p.31).
Frente al anterior escenario del devenir histórico y epistemológico de la disciplina psicológica, con su gran carga de pluralidad y diversidad teórico-práctico, plantear la pregunta por su naturaleza científica y por su condición de ciencia social o natural, implica:
- Asumir la disciplina como lo que ha sido un campo de conocimiento problemático y diversificado tanto a nivel epistemológico, teórico y metodológico. Lo cual significa que las comunidades científicas psicológicas, y por tanto las facultades de psicología que traducen y reproducen las construcciones de las anteriores, no pueden ahorrarse, esquivar o renunciar a la problematización, reflexión y debate de las condiciones histórico-sociales de su constitución disciplinar: sobre su(s) objeto(s), sus supuestos filosóficos y teóricos, sus procesos metodológicos, su misma pluralidad y diversidad, sus implicaciones prácticas, sus condicionamientos socio-políticos y sus elecciones éticas. Pues, sólo a partir de dicho escenario social y discursivo es posible construir aproximaciones reflexivas, éticas y razonables a los interrogantes en cuestión.
- Que sobre la problematización, reflexión y debate anterior las comunidades psicológicas y académicas específicas, realicen las elecciones teórico-prácticas que tengan más potencialidad explicativa y transformadora de nuestras realidades psicológicas y psicosociales, sobre todo aquellas que generan y fomentan dependencia, dominación y marginalización socio-cultural. Elecciones teórico-prácticas que, al pensar de Tomás Ibáñez (1996), estarían más informadas desde los campos ético-políticos que desde los epistemológicos y ontológicos.
Implicaciones ambas, que siguen siendo una tarea históricamente pendiente en las comunidades científicas y académicas de nuestra psicología local y nacional.
Finalmente, ante la pregunta por el lugar físico, administrativo, teórico y disciplinar que la psicológica debe ocupar en la institución universitaria, tal vez se puedan proponer dos vías que posibiliten y abran la discusión:
- La primera vía, seria tomar el sendero de la reflexión y discusión intradisciplinar para que una vez se avance en procesos de autoidentidad se continúe por el camino de la inter y transdisciplinariedad como lo propone Morín (2001), especialmente con las llamadas ciencias humano-sociales.
- La segunda vía, puede ser la toma de decisiones político-administrativas con negación de lo propuesto anteriormente, vía que como lo muestra el estudio de Escobar y Herrón (2001) ha sido el criterio históricamente dominante a la hora de configurar y ubicar las facultades de psicología de nuestras universidades.
Vías, que a nuestro entender son interdependientes, pero que condenarían la reflexión y la discusión sobre el carácter científico natural y/o social de la psicología a la esterilidad, si se privilegia la segunda vía en detrimento de la primera.
Finalmente, sugerir que una discusión sobre los fundamentos epistemológicos de la Psicología, tal cual como ella aparece en los discursos de las universidades, de las asociaciones, de los congresos y simposios nacionales e internacionales, de la literatura con alcance de circulación mundial, de las revistas, entre otros, implica irrevocablemente reintroducir la problemática de cómo entender el conocimiento científico en la contemporaneidad, especialmente en disciplinas o saberes donde, como es el caso de la psicología, el objeto de estudio es el mismo sujeto estudiante; cualidad que pone la construcción de los saberes psicológicos en una dimensión más ética y política que epistemológica. Por tal motivo, se puede considerar que la psicología como discurso que se traduce, se enseña y pone en circulación en el seno de la institución universitaria, debe respetar la diversidad y pluralidad epistemológica y teórica que históricamente la ha caracterizado. Quedando en el campo de lo éti co y lo político los cr iterios que permitan elegir, entre la diversidad y pluralidad teórica y epistemológica, aquellos modelos o enfoques, que al decir de Foucault (2000), hagan de la existencia propia y ajena algo mucho más bello y más bueno.
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