Fundación Universitaria Luis Amigó
 
    NÚmero 6 • Junio 2003
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Fáber Alzate                
    
    
Salvador Dalí
Le jeu lugubre, 1929
Óleo y collage sobre cartón, 44,4 x 30,3 cm
Colección privada.
Bases Socioculturales del comportamiento
 
Uno de los componentes disciplinares que propone el ICFES a tener en cuenta para los estándares de calidad a nivel de los programas de psicología tiene que ver efectivamente con la puesta en escena de las bases socioculturales del comportamiento al lado de las bases psicobiológicas y los procesos psicológicos básicos y otros componentes más que hacen parte del área de la formación disciplinar. Esto ya señala, por supuesto, que se piensa en términos de la psicología y no de la psicología social o con énfasis hacia ella, incluso se sabe que “el ICFES califica como inconveniente la promoción de prematuras especializaciones, en programas de pregrado, sesgando y recortando disciplinas y profesiones”. Allí, en las insinuaciones del ICFES, se intenta propender por la reconducción de la psicología en una especie de acto instituyente y dejando a la psicología social como un componente más de la preocupación psicológica.

Ahora bien, quizás este fenómeno del comportamiento lleve todavía una especie de lastre ligado a la psicología que irrumpe hacia 1913 en el contexto Estaudinense y que por varias décadas se presenta como la psicología hegemónica. Algo del conductismo nos puede dejar ver esta alusión al comportamiento y hoy puede sonar un tanto problemático (desueto) tal significante. Problemático puesto que puede representar algo así como una forclusión del sujeto, asunto que el psicoanálisis (lacaniano) bien pone en el orden del día; problemático porque la psicología social Estaudinense desde los años 20 y 30 centra sus esfuerzos en proponer la actitud como uno de los aspectos que contribuyen al desarrollo y, en cierta forma, a la consolidación de la psicología social en este contexto; problemática, porque no hace mucho Luis de la Corte Ibáñez nos recordaba que uno de los supuestos metateóricos de o para una psicología social latinoamericana (desde Centroamérica) tenía que ver con el desplazamiento de la conducta a la acción, de explicación (Erklaren) de la conducta a la comprensión (verstehen) de la acción: “lo que caracteriza fundamentalmente al sujeto humano, en cuanto ser vivo es la acción y no la conducta. Acción significa, en sentido weberiano, conducta dotada de significación o sentido”. Así, pues, que la conducta y el mismo comportamiento no sería, quizás, más que un concepto epocal y hoy bien nos podríamos más bien enfrentados al sujeto y la acción. Ello, bien posibilitaría reconducir a la psicología y situarla en un nuevo escenario; asunto que se viene intentando con la psicología social.

Más acá de tal problemática, nos vemos expuestos al comportamiento y sus bases socioculturales. El comportamiento aparece como un evento fenoménico, algo que se puede observar y objetivar, aunque ciertas aproximaciones más finas han considerado el comportamiento humano como “los hechos observables externamente, es decir, los actos y acciones que todos podemos observar y que podemos, de algún modo, medir y cuantificar objetivamente, sino también los hechos de la experiencia subjetiva (emociones, pensamiento, prejuicios, valores, etc.) que, por el momento, no los podemos observar de modo objetivo”. Aquí se observa una aproximación ya a la noción de actitud tan grata a la psicología social. En tal comportamiento en tanto no sólo objetivo, sino también subjetivo se puede avizorar una serie de dimensiones que escenifican su misma complejidad, dejando identificar factores psicológicos, biológicos, sociales, culturales, a partir de los cuales, en la medida en que se entrar a pensarlos, se hacen más comprensible el comportamiento en su misma complejidad.

Cuando se alude a los aspectos sociocultares del comportamiento bien habría que pensar que ello esta presente a partir de varios aspectos: como un producto sociocultural; como comportamiento condicionado socioculturalmente; como reconocimiento sociocultural en el agenciamiento de investigaciones e intervenciones; y como intervenciones en el orden de lo sociocultural, que debe apuntar a él si se pretende llevar a cabo un abordaje adecuado. En sentido amplio nos podríamos ver expuestos a lo anterior y, en tal sentido, un componente disciplinar como este debería considerar tal sobredimensionamiento.

El comportamiento humano en tanto un conjunto de actos y de disposiciones se presenta como un producto sociocultural, pues este aparece como el resultado de la inserción del hombre en la cultura. La cultura se sitúa como un acontecimiento propio del mundo de lo humano y fundando lo humano, en una especie de relación dialéctica: el hombre produce la cultura y éste, a su vez, es producido por la cultura en un ciclo que se repite infinitamente. La cultura ya sea en el sentido de E. Taylor como un todo complejo o en un sentido más restringido o especializado como dominio, esfera o campo aparece incidiendo y determinando el comportamiento humano. El proceso de socialización al que se ve expuesto todo ser humano lleva las marcas socioculturales y sitúa su impronta en éste en una especie de modelamiento del comportamiento individual y colectivo. Aquí el comportamiento en cierta forma aparece como producto de los factores socioculturales y, a la vez, se ve condicionado por estos. El comportamiento cobra sentido o significado en tanto aparece situado y sitiado por un contexto. Reichel-Dolmatoff señala un mito indígena que solo es comprensible en tanto nos situamos en el contexto sociocultural de emergencia; el sentido del comportamiento sólo se hace comprensible en tanto nos situamos en dicho contexto: Dolmatoff señala que “dos hombres se fueron a pescar al lago de la luna”, pero que esto no significaba que dos hombres en un momento determinado sintieron hambre, cogieron las cañas de pescar y se fueron a un lago donde se encontraban peces, sino que en el contexto cultural dos hombres eran dos hermanos, que querían contraer matrimonio y que se fueron al lago de la luna, es decir, a un lugar donde habitaban mujeres. Hay un condicionamiento, entonces, en el comportamiento y en el sentido de este que viene condicionado por lo contextual.

También los factores socioculturales operan en el diseño de intervenciones psicológicas o psicosociales o, al menos, sería el correlato necesario de la apreciación anterior. Si no se parte de estos factores difícilmente una intervención podrá tener éxito. Gerardo Marín ya había señalado hace algunos años la relevancia de la cultura, de lo sociocultural, para el quehacer del psicólogo en los diferentes escenarios en que se ve comprometido: “es esencial diseñar intervenciones que sean sensibles a las características culturales de los miembros de una comunidad cultural tanto en la prevención de comportamientos nocivos para el individuo (p. Ej. Fumar, consumo de alcohol, abuso de sustancias, etc.), como también en la promoción de comportamientos que mejoran la salud. Esta clase de intervenciones se hace necesaria, así mismo, cuando hablamos de intervenciones diseñadas para mejorar el estado de salud mental de una comunidad, por ejemplo, aliviando la depresión o, aún mejor, previniendo el inicio de entidades patológicas” (Marín. 1996. p.36-37).

Lo sociocultural también aparece como elemento determinante para las atenciones psicológicas a nivel comportamental de manera directa. Quizás la psicología tradicional habría apuntado a lo intrapsíquico, a las intervenciones psicológicas de orden individual y descuidado en cierta forma lo social y lo cultural. El reconocimiento de la importancia de estos factores es cada vez mayor: “nos encontramos en la época de la interconducta, en esa época en que ya no es posible por más tiempo desconocer la presencia rotunda y directa del ambiente (sean las normas y convenciones sociales, el modelo de socialización política a que hemos estado sometidos o nuestra presencia o ausencia en la dinámica productiva, para mencionar tres simples ejemplos) en la posible explicación de la normalidad o anomalías del comportamiento individual” (A. Blanco. 1987) y la “efectividad” de las intervenciones psicológicas. Desplazamiento de lo intrapsíquico a lo ambiental.

Estos niveles bien podrían conducir, a su vez, a una serie de problemas fundamentales: ¿Qué aspectos socioculturales se encuentran en la base del comportamiento humano y de qué manera determinan la constitución de éste? ¿Cómo se ve el comportamiento condicionado en los diversos escenarios en que el sujeto se encuentra comprometido convirtiéndose en elementos desencadenantes de el? ¿Por qué hay que tener en cuenta lo sociocultural a la hora de llevar a cabo investigaciones e intervenciones psicológicas y psicosociales? ¿Por qué se ha de apuntar a lo sociocultural para que se pueda llevar a cabo una intervención psicológicamente adecuada en razón a los comportamientos?

Estos y otros aspectos aparecerían direccionando el componente y estableciendo los nodos o líneas gruesas a trabajar: el lenguaje, la cultura, los sentidos de cultura, la relación cultura-sociedad, cultura-civilización, las mediaciones culturales, las redes de significación, las bases materiales de la sociedad y su determinación, la constitución social del sujeto, la problematización de la noción de comportamiento, el proceso de socialización, sus agentes (la familia, la escuela, los amigos, los medios de comunicación), los tipos de socialización, la dinámica grupal, la conciencia colectiva, la teoría de la acción social, la construcción social de la realidad entre otros.

Ahora bien, un programa de psicología con énfasis en psicología social debe tener una fundamentación básica donde se aborden los diversos aspectos y líneas sustantivas de la psicología para entrar posteriormente a efectuar una mayor orientación o énfasis en la psicología social. En tal sentido, es posible que en la fundamentación básica se aborde el comportamiento y sus bases socioculturales como aspectos necesarios del agenciamiento disciplinar. Sin embargo, estos ya forman parte central de la puesta en escena misma de la psicología social. Tomas Ibáñez, hace algunos años nos había señalado que la psicología social era una ciencia bisagra o fronteriza, esto es, que comportaba elementos de lo psíquico y lo social, de la psicología y la sociología y bien se sabe que el movimiento o dinamismo de esta ha conducido ora hacia una psicología social psicológica, ora hacia una psicología social sociológica. Pero sea como fuere, en la psicología social comporta una gran importancia lo social o, si se quiere, lo sociocultural. No es de extrañar por ejemplo que en la emergencia y desarrollo de esta disciplina autores como Gabriel tarde, Emilio Durkheim, George Simmel y Marx hayan jugado un papel central y sus conceptualizaciones hayan alimentado la disciplina. Todavía escuchamos a Amalio Blanco cuando señalaba que el trabajo de Durkheim sobre “las Reglas del método Sociológico” es una “obra de inevitable referencia para un psicólogo social”. Después de él o ellos vendrán otros. Para la psicología social las bases o factores socioculturales se convierten en un expediente fundamental sin el cual perdería la especificidad y el agenciamiento disciplinar, hace parte importante y necesaria de esa nueva mirada, de esa nueva perspectiva, de esa nueva actitud peculiar de pensar la realidad social.
 
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