“Por primera vez en la historia del género humano -dirá nuestro
autor- los hombres se encuentran emplazados prácticamente frente a la tarea de asumir la responsabilidad solidaria por los efectos
de sus acciones a escala planetaria. Podríamos pensar que ha esta condición a la responsabilidad solidaria debería corresponder la
validez intersubjetiva de normas o más o menos, del principio fundamental de una ética de la responsabilidad.”1
La ética tiene un papel protagónico en la formación de un futuro profesional de la Psicología; esta cuestión no se pone en duda.
Sin embargo, cabe preguntarse por el papel que cumple la ética en la formación de un psicólogo en su actuación frente a lo humano
y lo social.
Como punto de partida se utilizará una definición muy operativa de lo ético, para que sirva de marco de referencia: la ética es un
discurso que se ocupa del ser y de la responsabilidad por la actuación humana, y le permite a un sujeto reflexionar sobre las consecuencias
de sus decisiones y actos, para sí mismo, los otros y el entorno en el cual habita. Si se utiliza la anterior definición como marco de
referencia para dar cuenta de la pregunta que se tiene planteada, entonces se puede decir que las justificaciones ya están enunciadas
en la definición.
La ética es un discurso: es la enunciación con la que se abre la definición y se podría decir que si el ser humano es un ser de
lenguaje y la ética es el discurso, el encuentro entre el ser humano y la ética es inevitable, ya que la ética atraviesa todas las
realidades humanas, está presente en los actos conscientes o inconscientes del sujeto y, por supuesto, esta en el acto del ejercicio
profesional del psicólogo.
Cabe entonces preguntarse qué es el discurso: es una producción de lenguaje que sigue unas lógicas para la generación de un
sentido y un saber, a partir de un encadenamiento de significantes que posibilita transmitir ideas y/o sentimientos de un ser hablante
a otro produciendo un vínculo. Entonces, la ética como discurso posibilita vincular la actuación y la reflexión sobre ésta con la de otros
seres hablantes, permite establecer lazo social; pero, antes que nada, le permite al sujeto que se pregunta por la calidad ética de su
acto, partir de su mismidad y crear un puente con la alteridad. El sujeto juega su ser en la reflexión y en la acción que subjetiviza, y da
consistencia a su ser cuando en esa reflexión justifica éticamente el porque de su actuación.
La ética vincula al otro, hace lazo social, tiene en cuenta el marco cultural en el que se mueve, reflexiona sobre los significantes que
determinan al sujeto y compara lo decidido con lo esperado. En la reflexión ética, en este partir de sí mismo para relacionarse con otros,
el otro cuenta, y este otro puede contar como amado u odiado, como amigo o enemigo, como ser para respetar o explotar, y en este
sentido, la ética en el ejercicio profesional en una sociedad, se convierte en la posibilidad de ser un garante de la calidad de la actuación
profesional, de su intencionalidad hacia el bien o hacia el mal en el contexto social.
La ética se ocupa del ser: es lo que sigue en la definición, y esto permite afirmar que aquí hay un feliz encuentro entre la filosofía, como
ciencia o disciplina que reflexiona sobre la ética, y la psicología, que reflexiona sobre el ser humano y su psiquismo. Se podría decir que
el ser humano es el punto de encuentro y de partida a la vez, el alfa y omega entre la psicología y la filosofía; no se olvide que en el
nacimiento epistemológico de la primera, esta la segunda.
El ser, entonces, es punto de encuentro entre la psicología y la filosofía, y ese encuentro se repite entre la ética y la actuación
profesional: el ser es el punto de partida; por ello, el psicólogo en formación está, quiéralo o no, atravesado desde el principio por la
ética y ella cruza su formación transversalmente durante toda su carrera. También el discurso ético atraviesa al sujeto o al colectivo
que pide ser intervenido o que va a ser intervenido, porque en ellos hay deseos, pasiones, sufrimientos, anhelos, insatisfacciones,
utopías, imposibles; se cruzan entonces los deseos del psicólogo, que se juega su ser en el acto con el que interviene, y el sujeto que
sufre o la comunidad que busca al profesional en pos de una respuesta o una transformación de su realidad.
La actuación profesional sobre un sujeto o un colectivo, esta enmarcada en un discurso ético, y la función de la ética aquí, es ser el
garante del respeto a la subjetividad y de que esta no entre en contravía con el colectivo. La ética busca la homeóstasis entre la
autonomía del sujeto y los intereses del colectivo, por ello pone en juego lo autonómico y lo heteronómico, el adentro y el afuera, lo
intrapsíquico y lo extrapsíquico, lo privado y lo público, la interioridad y la exterioridad, el mundo interno y la realidad, lo íntimo y éxtimo.
Todas estas esferas se juegan en el acto y la reflexión ética, por tanto en la formación de un psicólogo, la ética debe atravesar su
formación; no es sólo una cátedra de deontología profesional, sino un discurso que cuestiona el ser y su actuación, interroga primero
a un sujeto y a una formación para un futuro ejercicio profesional.
El psicólogo en formación necesita conocer sobre lo bio–psíquico, lo psico–social y lo socio–cultural, dimensiones estas que atraviesan a
los sujetos que se vinculan entre sí y que construyen lo social y la cultura. Pero para ello necesita estar “tocado” todo el tiempo,
tocado en su fibra intima por la ética, la cual le posibilita cuestionarse por su ser y su hacer, de manera que en su actuación profesional
exista la posibilidad de la transparencia en el ejercicio de su profesión. La ética posibilita, entonces, poner en cuestión una posición
subjetiva y una actuación humana que se coloca a favor de la responsabilidad por la vida, para que esta continúe con la mayor dignidad
posible.