Fundación Universitaria Luis Amigó
 
   
NÚMERO 5 • DICIEMBRE 2002
 
 
 
 
 
 
Fabián Sanabria-S.
               
Sociólogo.

UNAL

Débora Arango
Contrastes.
Acuarela. 1.74 x 0.67 m.
Tercera Jornada de Lectura de Ensayos de los Docentes del Programa de Psicología-Funlam
K. Zanussi o la gracia que se escapa
 

Hace unas semanas tuve el privilegio de saludar la obra de un autor extraño, no tanto por su procedencia, sino especialmente por la temática que trata. Kristoph Zanussi pasó por Medellín mostrándonos un buen número de sus películas, hasta entonces desconocidas para quienes las observamos. Y justamente quiero recrear, a través de estas líneas, el hilo conductor de las conversaciones que, entre amigos, las imágenes y gestos presenciados suscitaron. En medio de diálogos y monodiálogos, encontramos una palabra que, a pesar de ser desconcertante, comprende el sentido buscado. Se trata de la GRACIA.
GRACIA escrita con mayúsculas, pretendiendo señalar más que un horizonte inabarcable, el recuerdo de unas cuantas escenas contingentes: tomar un café desesperado en la plaza de una gran ciudad tras saberse moribundo apegado a la vida; descubrir un bloque de hielo que se derrite naturalmente después de pedirle a Dios una prueba irrefutable de su existencia; reconocer haber heredado el mismo tic nervioso del padre tantas veces amado y odiado; ascender a la cumbre más alta con el propósito de morir allí congelado; resistirse a jugar el juego de la hipocresía caritativa; tratar por todos los medios de romper las certezas sociales o sexuales de un otro cercano y lejano; soportar los católicos sacrificios de una madre agonizante... -todos esos simples signos, accidentes que ocurren, incidentes que quiebran calculadoras seguridades. Y quienes pretenden poseer los "verdaderos dones" sólo son vanos mercaderes, y los homenajes de los vicios de siempre recomponen las virtudes morales.

El cine de Zanussi, viajando a través del tiempo y cambiando de colores, atraviesa todo ello. Podríamos estar en la Edad Media o en la época contemporánea: ahora, las certezas son torpes susurros que a penas recordamos. Se pueden pronunciar lenguas de hombres y de ángeles, proclamar éstas y aquellas verdades, renunciar a todos los bienes terrenales para saltar al vacío y, sin la GRACIA... nada somos. Los administradores de lo sagrado escasamente pueden ejercer sus ministerios; todos los oficios religiosos están claudicando; las iglesias se cierran y transforman en museos; el ruido nos invade y la ausencia de recogimiento pareciera ser el único sendero. ¿Dónde está el dueño del cosmos, otrora temido y adorado?

En un mundo en que casi todos los actos responden a un cálculo de probabilidades preguntar por la gratuidad resulta ingenuo. Mas, justamente por allí puede andar el encanto de la GRACIA. Ingenuidad es entonces el punto de partida. Y, ¿acaso no es ese el comienzo de toda estética? Existen dos grandes tipos de personajes en las películas de Zanussi: los maravillosa -casi torpemente- creyentes, y los escépticos -más bien desesperados. Personalmente prefiero a los segundos quienes, al entrar en contacto con los primeros, generan una suerte de "perversión". Suelen ser una especie de Mefistófeles que quisieran, finalmente, convertir a los otros a la apostasía. ¿Qué sería de los dioses si los hombres renegáramos de ellos?

Alguna vez me enseñaron que el único pecado imperdonable es "atentar contra el Espíritu Santo". Dicho de otra forma, "renegar del viento paráclito". -Al reflexionar sobre ese "tabú", se me ocurre que muy probablemente semejante sea el único pecado que valga la pena cometer. Sin embargo, ¿cómo lograrlo? ¿Habría que acudir a una iglesia ortodoxa y profanar los iconos sagrados? ¿Suicidarse cuando la sociedad trata a ultranza de prolongarnos la vida? ¿Matar al padre a quien tanto nos parecemos? ¿Presentar nuestra renuncia irrevocable al mayor número de instituciones? ¿Transgredir fundamentalmente nuestras orientaciones sexuales?

Seguramente podríamos atentar contra éstas y aquellas disposiciones del orden. Empero, según el salmo de los salmos: el viento de Dios seguiría aleteando. ¿Cómo entonces, "pecar contra el Espíritu Santo"? -Corriendo el riesgo de ser acusado de teólogo, me atrevo a decir como simple antropólogo, a penas "novicio" de las películas de Zanussi: matar a Dios es imposible. No es posible porque sólo se puede matar lo que existe, no lo que se desea -aunque se niegue ese deseo con mayor insistencia.

Ahora bien, si el viento paráclito sopla donde quiere, ¿por qué se hace cada vez más efímero su aleteo? -De la misma manera que en una bahía el paseante se encuentra "protegido" de la brisa marina, en un mundo amurallado es más difícil que haya viento. Las sociedades contemporáneas son proclives a generar condiciones sociales, económicas y políticas más y más mezquinas que alejan, forzosamente, a sus habitantes de la GRACIA. Podría afirmarse hoy que las probabilidades de creer disponibles son relativamente escasas. No obstante, las ganas de aventurarse "en busca de nuevos horizontes" no hacen esperar a los viajeros. El deseo de peregrinar pareciera más que nunca un imperativo. Pero lamentablemente lo que queda de tantos viajes suele ser "un oasis de horror en un desierto de aburrimiento". Y allí rozamos otro desencanto: el sentido de la vida se nos agota demasiado pronto.

Cuando hablo de GRACIA no me refiero al significado que otorgan a ese vocablo las instituciones religiosas. Por supuesto que creer supera el campo -verdaderamente político-económico- de la "administración de lo sagrado". La GRACIA es GRACIA y punto. GRACIA de beber agua, de andar desnudo o descalzo. El problema consiste en que lo más simple se torna mil veces más complejo. Allí radica la verdadera dificultad. Entonces ingresamos, con algunos personajes de Zanussi, en una casuística indefinida -más jesuítica que jansenista y, por tanto, bastante retirada de la GRACIA.

En realidad, creo que Zanussi se burla de la moral para implantar estéticamente un principio ético: "No matarás". Y allí hay algo de levinasiano en este director de cine polaco. Como espectadores nos sentimos obligados a mirar "cara a cara" al otro, a ver sin temor el rostro del cosmos y, lo que quizá es más difícil, a reconocer nuestra imposibilidad de comprenderlo. Generalmente los últimos cuadros de las películas de Zanussi desconciertan: obligan al espectador, más que a mirar, a escuchar. Podría decirse, a contemplar un cierto misterio y, entonces, a callarse y adorar.

Mas lo sagrado está por todas partes y en ninguna. El deseo de lo inefable de repente aparece, pero muy pronto se pierde. Y esto vale para casi todas las cintas de Zanussi: aún en aquellas que muestran las relaciones humanas más transparentes, aún allí, encontramos una imposibilidad que desborda y seduce. Si ese latido se mantiene, el viento gracioso sigue soplando; si por el contrario, lo más puro se institucionaliza, el misterio se desvanece. Los personajes y actores -casi esquizofrénicos- de Zanussi a esa tragedia nos convocan. Mas, ¿quién acepta de una propuesta estética una inevitable prerrogativa ética?

Es probable que Zanussi juegue con nosotros jugando con él mismo o, en todo caso con sus condiciones sociales e históricas. Efectivamente, en él no es gratuito ese marcado catolicismo polaco. Sin embargo, su obra no obliga a militancia alguna. Lejos de ello: la tensión de las historias que recrea son una blasfemia para el institucionalismo. Y con todo, eso sólo es posible gracias a la tradición depositada en las instituciones. Seguramente al rozar tantas veces esa paradoja, Zanussi se reencuentra con Pasolini: ¿cómo no cambiar el gozo por el remordimiento?

Queda solamente ESPERAR EN EL ABSURDO. Y esa si que es una locura burguesa para románticos. A los héroes de Zanussi les llega lentamente la muerte o, en todo caso, el olvido. No resulta tan claro que esos seres busquen o decidan morir. En realidad, la idea de perecer los desespera. En el fondo, querer perseverar en los otros o en las obras, es la forma más refinada del egoísmo. Sospechar esto es un tormento. El Dios judeo-cristiano vuelve entonces a ser crucificado. Mas, ¿acaso no era -si Pablo de Tarso no hubiese existido- tan sólo un hombre? La ortodoxia no puede admitir semejante blasfemia. Los guardianes del orden deben, así sea a través de nuevas formas de martirio, "volver a dar testimonio". Empero, gozar sufriendo implica capitalizar una magnífica recompensa. En el "tu padre que vé en lo secreto...", hay también una "economía del sacrificio". Por consiguiente, es necesario que algo absurdo ocurra en los filmes de Zanussi: puede ser un accidente. Así, el dios perdido deja entonces un trazo infinito. El objeto deseado está más allá del sujeto deseante. El viento paráclito puede soplar donde quiera, aún aletear muy cerca de quienes lo resisten.

Siguiendo las huellas de esas contingencias encontramos, nuevamente, la GRACIA. Mas ésta ha sido presentada en historias plásticamente recortadas. Al salir de cine, el desconcierto prevalece. Dan ganas de llorar, de callar; se sienten "nudos de garganta". Resulta difícil retomar el ritmo cotidiano después de ver una película de Zanussi. No obstante, más vale guardar, aquí, el secreto de ese otro sentimiento.

[San Sebastián de Río de Janeiro, julio 16 de 2002.]

 
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