Fundación Universitaria Luis Amigó
 
   
NÚMERO 3 • OCTUBRE 2001
 
 
 
 
 
 
Por: Rodrigo Lenis León                

Estudiante del segundo semestre del Programa de Psicología-Funlam.

David Manzur
La dama herrante de Dios
(De la colección de grabados el beso de Dios)
1988
Grabado, litografía sobre papel
40 x 30 cm 
registro   AP1509
Suplemento

El discurso de la identidad en el regionalismo antioqueÑo

 

1.     LA IDENTIDAD.

El Estado y sus instituciones mediadoras de socialización tienen la responsabilidad de transmitir la historia y los elementos culturales que le permiten al individuo asirse a un marco referencial, es decir, de dónde viene, cuáles son sus raíces, sus iguales y desiguales, interrogantes que le posibilitan la construcción de una identidad.

Pero no sólo los elementos de carácter histórico–social son los que le dan una identidad al sujeto, ya que su cuerpo no se reduce a un organismo vivo, sino que, además, está conformado por códigos simbólicos y por representaciones imaginarias que cada cultura en su forma singular configura como reconocimiento de dicha identidad: nombre, vestido, creencias, mitos, tradiciones, cabello, raza, rasgos, lenguaje, folclor, etc.

La identidad aparece en el sujeto como transmisiones inconscientes por medio de los complejos culturales de la región, ciudad o país al que pertenece y los vínculos familiares, a nivel consciente a través de la educación, la religión y las palabras de los otros con que configuran su identidad.

Entonces podríamos decir que “Las identidades son construcciones simbólicas que involucran representaciones y clasificaciones referidas a las relaciones sociales y las prácticas, donde se juega la pertenencia y la posición relativa de personas y de grupos en su mundo”[1].

Y es el nombre o el gentilicio el que vendrá en el ámbito simbólico a crear la ilusión de su identidad singular, pero también social, como dice Castoriadis: “…la identidad es el sistema de interpretación del mundo creado por la sociedad, todo cuanto sobreviene a una sociedad debe significar algo para ella o bien ser declarado carente de sentido”[2]

Pero la identidad individual y social entra en crisis cuando se implanta como diferencia cultural, racial, de genero, de clase, regional, nacional.

Cuando es manipulada en función de conflictos e intereses en pugna, que marcan las fronteras de los grupos, así como la naturaleza y los límites de lo real.

De manera individual y colectiva el sujeto se enfrenta con la diferencia y se produce el salto de la identidad a la segregación.

 

2.     EL REGIONALISMO ANTIOQUEÑO

- Adiós, compadre…

- Adiós, compadre, fue la respuesta con la melancolía del alabao.

- Compadre, preguntó nuestro boga al otro, ¿pa’onde va con esa gente?

- La respuesta fue:

– No compadre, si ésta no es gente, ¡estos son unos paisas..¡[3]

 

Es esta precisamente la imagen que se ha transmitido de generación en generación a cada uno de los hombres que conforman el complejo de la cultura antioqueña y que a traspasado las barreras de la frontera de la que muchos llaman, por su arraigo y fuerza integrativa, “La República Independiente de Antioquia” o “Antioquia la Grande”.

Hablar de los rasgos característicos de los “paisas”, obligatoriamente  conlleva a referirse a su agresividad, en la forma fecunda como han conquistado su hábitat, en la creación económica e industrial, en su capacidad para precisar los momentos que le ofrecen la oportunidad de sacar ventaja, cambio o transformación de los negocios y dar cuenta del comercio como actividad básica que gestó su imagen y que ha hecho que se le relacione con “el judío” como muestra de su habilidad.

Pero todos estos elementos constitutivos de la imagen del hombre antioqueño obedecen al proceso de sociabilización que, dentro de su cultura, se funda en la capacidad para ser un forjador de riqueza. De esa capacidad demandada por la colectividad depende su ubicación dentro de la misma y el valor que se le confiera como individuo.

La conformación geográfica de Antioquia, su lento desarrollo y su aislamiento de las demás regiones de Colombia, fueron determinando un particular crecimiento y una singular forma de vida. Su visión del mundo se fue estructurando  a partir de la lucha de gentes que, obligadas por el medio, se abrieron paso a través de la maraña de una región inhóspita[4].

Tales condiciones configuraron los rasgos del complejo cultural antioqueño  hacia la libertad, la independencia, el positivismo y el sentimiento de altivez, pero a su  vez a un sentir omnipotente, a vivir sólo de sí mismos.

Antioquia no respira sino sus propios valores. Y son esos valores los que habría que resaltar teniendo en cuenta que su empuje, “berraquera” y tesón, los han llevado a ocupar un lugar importante y a ser reconocidos en Colombia como capital industrial y pionera de importantes logros, no sólo en el aspecto comercial, sino también en campos como el arte y la medicina, no reconocidos, ni valorados en otra época.

Pero son estos mismos valores aferrados a la tradición y a la tierra los que han llevado a Antioquia a un culto a la diferencia, haciendo que cada individuo huya hacia sí. De manera individual y colectiva el sujeto en Antioquia se enfrenta con la diferencia y se produce el salto de la identidad a la segregación o el regionalismo que lo llevan a rechazar con firmeza toda mentalidad que no venere sus mismas creencias, que no comulgue con sus mismos ideales y que generan su ostracismo social y la retaliación, como dice Freud: “…Cuanto más cohesionados sean sus miembros, tanto más y con mayor frecuencia se inclinarán a segregarse de otros individuos, y más difícil se les hará ingresar en el círculo más vasto de vida”[5].

Es esa mentalidad cultural tan marcada en ideales, creencias, y en el forjar la riqueza transmitida por los padres a través del consejo al decir al hijo: “Consigue plata honradamente, y si no… consigue plata”, la que también a llevado a gran número de individuos a formarse como delincuentes, a constituir bandas, a crear personajes dueños y señores de media comunidad, con el poder y la riqueza suficientes para destruir y fomentar el delito, pero también para suplir las necesidades de las que es responsable el Estado y a las cuales ha desatendido.

Líderes negativos como Pablo Escobar, que aún en el mundo del delito trató con afecto esos valores, acomodándolos desde luego a sus propias nociones de vida y  muerte, y que con la misma tenacidad, empuje y berraquera transmitidos por su cultura, puso en jaque durante mucho tiempo al país y se convirtió en ídolo de buena parte de su pueblo que el día de su muerte gritó, lloró y se rasgó las vestiduras en un acto que ante la opinión del resto del país e internacionalmente, era poco creíble por el repudio que generó los actos violentos, las masacres, desapariciones y torturas que le facilitaron al Capo de la mafia en Colombia la creación de su emporio “consiguiendo plata, no honradamente, pero consiguiendo plata”.

Es bien cierto que el arraigo a la cultura y el mantenimiento de sus valores por más de trescientos años, aislados y confinados entre sus riscos y hondonadas, han contribuido a las singularidades étnicas que distinguen al antioqueño y que han trascendido de generación en generación  haciendo de Antioquia un departamento con liderazgo en el campo industrial, comercial y económico. 

Pero también, esta territorialización intrasubjetiva hace que la colectividad paisa imagine su identidad propia y segregue a todo aquel que pretenda igualársele en su terreno, lo que por ende no le ha permitido salir del provinsionalismo y el ostracismo social en el que se en marca para poder ser vista y reconocida como una capital cosmopolita de iguales oportunidades financieras, laborales, industriales, comerciales, recreativas, educativas y culturales que las de la capital del país, con quien por mucho tiempo ha entablado una rivalidad que aún no conoce limite y que esta constituida en los procesos de lucha por el reconocimiento social a nivel nacional conduciéndola al salto catastrófico hacia la segregación o el regionalismo.


[1] Bayardo, Rubens. Antropología, Identidad y Políticas Culturales. UBA. Pag. 2.

[2] Castoriadis, Cornelius. Lo imaginario: la creación en el dominio históricosocial

[3] Betancur Cuartas, Belisario. Declaraci{on de Amor del modo de ser del antioqueño. Pag 1.

[4] Betancur Cuartas, Belisario. Declaraci{on de Amor del modo de ser del antioqueño. Pag 5.

[5] Freud, Sigmund. Obras Completas. El malestar en la Cultura. Amorrortu. Pag. 13.

 
INICIO | PRESENTACIÓN | EVENTOS | SITIOS RECOMENDADOS | STAFF | CONTÁCTENOS | CORREO | FUNLAM

© 2000 - 2001