Una de las responsabilidades más complejas del quehacer de la docencia es la evaluación, compleja en tanto se trata de hacer una valoración, traducida en palabras, letras o números, de un saber que el otro posee, y aún de su posición frente a ese saber. Esto pone al docente ante la necesidad de articular la regla institucional, que puede ser pensada como lo generalizable, lo que requiere ser aplicado a todos, el “para todo estudiante”, con lo particular, con lo que le es más propio a cada uno, con el estilo personal. En esta perspectiva, que puede ser considerada ética, la evaluación es entonces la pregunta por el cómo articular la regla y el estilo, en cada caso, con cada estudiante. La regla se orienta por el ideal en el sentido de plantearse como un para todos; por ejemplo: “todo estudiante deber participar en clase”, y en cuanto se refiere a un modo esperado de relación con el saber, de dominio de conocimientos, como también de una disposición particular para aprehenderlos, que se espera se manifieste en signos de interés, compromiso, motivación, etc. “El estilo es el Otro al que uno se dirige” (1), ese Otro entendido como la alteridad radical, inserta en el orden simbólico y como tal, particular para cada sujeto, una instancia que sin ser un sujeto, sin ser otra persona, opera como tal, como alguien a quien el sujeto se dirige cuando habla y que por ello ordena la forma de su decir; la forma como el sujeto, el estudiante en este caso, participa en clase, escribe sus trabajos, realiza sus exposiciones. Es al interior de ese estilo, de esa manera particular de relacionarse con la palabra, donde el docente debe ubicarse para “hacerse una idea” de cómo el estudiante se aproxima a los textos, qué relación establece con lo leído, cómo puede dar cuenta de lo que comprende, puesto que eso es lo que hacemos al evaluar: atrevernos a juzgar esa relación del sujeto con el Otro, que se evidencia en lo que el sujeto consigue transmitir en el salón de clase. Si bien el estilo no cambia, sí puede purificarse, es decir, perfilarse con claridad, fortalecerse, hacerse él, el motor, lo que potencie un mayor acercamiento al saber, que en lugar de obstaculizar sea vía de acceso al saber, ser fortaleza en lugar de debilidad. Esta posibilidad puede ser pensada en la medida en que al interior del estilo, de esa relación del sujeto con el Otro, tenga lugar la relación con el semejante, el compañero de clase, puesto que es ello lo que hace que el sujeto vaya un poco más allá en su relación con el saber y la palabra, realizando un esfuerzo más en su intento, escrito u oral, de hacer saber a otros lo que él ha comprendido, el saber que ha logrado aprehender. Una forma también de él mismo articular la regla con su estilo. “No hay regla sin una práctica viva de la interpretación de las reglas” (2), es esta la tarea de quien evalúa, tomar la regla e interpretarla para cada caso, para cada alumno, según ese estilo, que es la ley individual, que en cada uno opera en su manera de dirigirse al Otro. Aquí la ética propuesta por el psicoanálisis puede ser de gran valor para orientar la tarea de evaluación del asesor, bajo la mirada aquí propuesta; “La ética del psicoanálisis se presenta como una lucha precisa contra el ideal, acompañada por un uso y no por un desprecio de la regla. La enseñanza de Jaques Lacan quiso ayudar a romper los encantos de la deducción errónea. El opone la falsa universalidad de la regla a lo que hace ley para cada uno, es decir lo particular del fracaso” (3). Hacer uso de la regla en su aplicación a cada sujeto, a su ley particular, romper la relación que la regla tiene con el ideal, y de esta manera orientarse en una valoración del quehacer del estudiante, sino objetiva, al menos que cuenta con su particularidad y en ella con su responsabilidad. Una tarea a pensar para el docente. |