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A la bisutería le sobra oficio pero le falta profesionalización Imprimir E-Mail
Escrito por Juan Antonio Sánchez Ocampo   
Wednesday, 07 de October de 2009

La bisutería es un oficio y una actividad comercial cuya importancia es ignorada por las instituciones educativas superiores, aunque con el paso del tiempo pueda convertirse en un programa académico de pregrado, como ha ocurrido con otros oficios, en una especialización o, por qué no, en otra fortaleza de la economía regional.

 

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 Imagen de muestra

La bisutería, que según la historia apareció con fines mágicos y de protección, emerge hoy como una alternativa de empleo en medio de la crisis económica que afecta a amplios sectores sociales de Medellín.

 

Se trata de la fabricación manual de collares, manillas, aretes y otros accesorios de adorno corporal, utilizando materiales diversos, desde la porcelana hasta los alambres, pasando por la pasta de papel, las perlas cultivadas, las conchas, las piedras de colores y las flores disecadas, entre otros.

 

En la Edad Media las joyas se reservaban a los religiosos, a los soberanos y a los comerciantes y eran un símbolo de autoridad. Luego se convirtieron en el regalo ideal ofrecido a la persona amada, como una glorificación del amor cortesano.

 La bisutería, como se la conoce hoy, nació en los años 20 del siglo pasado y es conocida como hermana pequeña de la joyería. Hoy es reconocida como un arte al cual todos pueden acceder, recuerda el sitio Web www.bisuteria-fina.com 

Mucha acogida

 

El de la bisutería es un oficio que, cada día, aumenta el número de artesanos entre los estudiantes del Valle de Aburrá, aunque su importancia todavía sea ignorada por educación formal y la no formal, en cuyas instalaciones se desarrollan verdaderos bazares.

 

Manuela Tejada es estudiante de la Fundación Universitaria Luís Amigó y descubrió, por casualidad, que tenía la habilidad para adelantar este trabajo. Por esta razón empezó a fabricar productos que comercializa casi en su totalidad en dicha institución.

 Manuela tiene su propia línea de productos, los cuales fabrica en un taller en su casa del barrio Belén. La venta de las fantasías le permite solventar los gastos que acarrean sus estudios de Comunicación Social. “Es una lástima que la bisutería siga siendo mirada como un oficio de señoras mayores y que las universidades no se preocupen por profesionalizar este arte”, anota la estudiante. 

Con condiciones

 

En la mayoría de las instituciones educativas de nivel superior de Medellín se permite la comercialización de productos, pero cumpliendo con algunas normas.

 

En el caso específico de la Fundación Universitaria Luís Amigó no hay restricción con las ventas porque sus directivas entienden que los estudiantes necesitan recursos económicos adicionales para financiar los gastos que acarrea una carrera universitaria, asegura su comunicador, Carlos Muñoz.

 

“Pero, nuestra institución tiene una política clara en cuanto a la forma de hacer dicha ventas: no se le permite al estudiante, por ningún motivo, que establezca puntos fijos de comercialización dentro de la Universidad y en las aulas de clase pero sí puede realizar las ventas de una manera ambulante, en los pasillos y espacios de encuentro, como las cafeterías y los patios, entre otros, comenta el comunicador.

 

En la Universidad de Antioquia la cantidad de vendedores de fantasía es mucho mayor que en cualquiera otra. Se aprecian expendedores en los pasillos de las cafeterías, en la Plazoleta Barrientos (frente a la Biblioteca Central), en los corredores de los bloques, algunos llevan de un lado sus muestrarios o, simplemente, se detienen en las jardineras. El fenómeno en la Universidad de Antioquia es tan grande que se parece al de las ventas ambulantes en las calles de Medellín y tiene las mismas repercusiones. Por eso es la única ciudadela universitaria.

 

Hasta el decenio de los 90, los vendedores no tenían restricciones. Fue en el presente siglo, con el aumento de la población universitaria y de los hechos de violencia -en los que fueron asesinados profesores, estudiantes y trabajadores- que las directivas decidieron restringir parcialmente estas actividades dentro del centro educativo.

 Esta limitación, según información suministrada por vendedores que no se quisieron identificar, aparece en el momento menos pensado y así también desaparece. Cuando están vigentes las medidas, a los vendedores corren el riesgo de que les incaute la mercancía que tengan consigo. 

De la necesidad a la pasión

 

El diseñador gráfico Hernán Franco aprendió el oficio de la bisutería en 1998 cuando cursaba su octavo grado de segundaría en el colegio San Carlos. Un amigo al que describe como “medio hippie me convenció para que hiciera collares de piedra, para vender a los compañeros en las fiestas del colegio”.

 

Este oficio casi siempre comienza como un hobby o una ayuda al sostenimiento estudiantil, termina como una pasión y algunas veces con una empresa lucrativa. “Cuando aprendí esté arte lo intercalé con mis estudios universitarios en la Bolivariana con muy buenos resultados económicos”, comenta Hernán.

 “Hoy tengo un empleo estable como Diseñador Gráfico en una empresa de comunicaciones, pero sigo laborando productos por pedidos de mis clientes y porque me apasiona este oficio. En este momento tengo la bisutería como un plan B, por si algún día me falta el trabajo y de seguro llegara el día que me dedicaré de lleno a este maravilloso arte”, añade.

“No me explico cómo las universidades no se han dado cuenta del auge que tiene este oficio y como no se les ha pasado por la cabeza la idea de montar una carrera profesional que encierre todo lo relacionado con el diseño de los productos de la bisutería”, comenta el diseñador gráfico.

 

En todos los lugares del mundo, los oficios se han heredado por tradición y han ido pasando de generación en generación, tecnificándose algunos de una manera empírica, pero muchos otros han alcanzado a convertirse en artes profesionales.

 

Para la antropóloga de la U. de A. y magíster en Historia, Francy Esther Del Valle Montoya, la bisutería sigue siendo el oficio que heredamos, a pesar de que en las sociedades occidentales y contemporáneas se tienda a estandarizar y sistematizar los conocimientos.

 

Mientras en tiempos pasados una persona aprendía un oficio, un arte, una técnica, una tecnología o una ciencia, generalmente, por permanecer por un tiempo al lado de un avezado practicante de alguna actividad, hoy se acude a las escuelas para obtener ese conocimiento certificado, explica.

 Recuerda la antropóloga que en la antigüedad, algunos niños, cuyos padres deseaban que se entrenaran en el oficio de la escribas, acordaban con escribas de profesión para que estuvieran a su lado, aprendiendo durante años. A veces, hasta diez años, como si estuvieran haciendo una carrera universitaria. 

Del oficio a la profesión

En Colombia, albañiles, carpinteros y otros oficiales, que antes aprendían su trabajo “de oídas” por permanecer largo tiempo como ayudantes de un experto, hoy van a centros de formación para el empleo (como el SENA) para aprender estas actividades.

 La culinaria, que antes se aprendía de manera empírica, pasó a impartirse en cursos de educación no formal y hoy tiene hasta programas de pregrado, a nivel tecnológico y técnico.

La bisutería puede recorrer un camino semejante. Con el paso del tiempo esta actividad milenaria que se aprendía directamente de un experto a un aprendiz, puede irse incluyendo en programas de centros de formación para el trabajo y, más tarde, en programas de educación formal. Es cuestión de tiempo.

Modificado el ( Wednesday, 07 de October de 2009 )
 
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