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Sin la construcción de la convocatoria poética y musical de los habitantes de Medellín y sin una noción de qué es una fiesta a la vida, el carnaval para la ciudad no tendrá energía.
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Popular, determinado por la creación festiva de sus comunidades, las cuales necesitaran un nuevo espacio simbólico de celebración que para gozar la locura colectiva, para mostrar y ocultar identidades con las máscaras serán, entre otras, las condiciones que cumpla la ciudad si quiere soñar con una fiesta de carnaval. Carnavales del mundo que vendrá a Medellín a mediados de junio Luís Fernando García, más conocido en el mundo de la cultura como el gordo García, es uno de esos personajes cuya conversación remite, a la alegría, al entusiasmo y a la utopía. Y a la historia cultural de Medellín. El Gordo es un defensor de la idea de que Medellín necesita un carnaval. Metido en una sudadera lanuda, un buso, una ruana y una gorra que lo ayudaban mitigar el frío, el Gordo previene la conversación con dos tintos y un legajo de papeles que contienen uno de sus sueños, un carnaval para la ciudad. Sentado en su silla del corredor, de la casa que ocupa en la vereda El Placer, corregimiento de Santa Elena, el Gordo se repite que tal vez en cien años se haga realidad porque “así es la cultura, que se transforma después de mucho tiempo”. Un soñador Antes de llegar a carnaval, el Gordo creó Barrio Comparsa, hace 20 años en el barrio Manrique Oriental para que sus “chicos” tuvieran otra alternativa de vida en la música, el teatro callejero, las danzas y la poesía. Ahora, pasados los años, este hombre que se define como un “actor festivo comunitario”, guarda la esperanza de que la sede de su Comparsa regrese algún día a la barriada, de donde tuvo que salir para proteger la vida de sus “pelaos”. Sueña con cumplir uno de sus principales proyectos de ciudad: realizar un carnaval para Medellín; aunque sabe que no surgirá de la noche a la mañana. Medellín y los carnavales Barranquilla, Riosucio y Pasto son ciudades de Colombia que hoy vibran con sus carnavales o carnestolendas, y a pesar de que Medellín se quedó atrás, esta celebración ya recorrió las calles de la ciudad. La una de esas fiestas se llamó “Regocijos Públicos” y se celebraron entre 1881 y 1936, asociados a las fechas clásicas nacionales como el 20 de julio y el Día de la Raza, en los que se combinaban actos oficiales y expresiones festivas de carácter popular. Los Regocijos no se prolongaron “porque en esta tierra echaron la semilla pero no la regaron, no la abonaron, le pegaron un machetazo y no la volvieron a sembrar”, relata Luz Marina Jaramillo, integrante de la Cuadrilla Extradición del Carnaval de Riosucio y estudiosa de los carnavales colombianos. En su texto “Regocijos públicos con máscaras sospechosas”, Jaramillo indica que estas fiestas estuvieron asociadas por las autoridades a riña, alcoholismo, ratería y a desmanes públicos. Los desmanes provocaron la cancelación de los festejos. Los universitarios de “la Maffia”, un grupo fiestero de los años 20, lograron con la autorización de la Administración Gubernamental y Municipal para organizar este tipo de fiesta popular. “Pero rápidamente fue censurado por la Iglesia y el poder porque todo carnaval puede transitar a formas de irreverencia crítica. Son las masas en la calle y las masas en la calle son el poder”, explica Edgar Bolívar, antropólogo asesor de la Red de Cultura de la Universidad de Antioquia. Mi Ciudad de Colores El sueño del Gordo tiene nombre y su evocación también trae la risa. Se llama Mi Ciudad de colores, identidad que le dio al carnaval desde 1997. Barrio Comparsa llevaba ocho años y los resultados eran positivos. Del legajo saca una hoja. Lleva el dedo índice a la boca, mira detenidamente lo escrito y lee, pausadamente el poema que escribió para su Ciudad de colores. Es un ritual de vida, es el encuentro de la expresión colectiva que nace con la alegría de un nuevo sol. Es un arco iris sin fronteras que viene danzando al ritmo del tambor, es un canto al amor a la vida, a la risa y a la fantasía. El carnaval lo sueña, dice García, como una ciudad llena de expresiones, vida, esperanza, música y alegría ante tanta situación adversa. Sería el carnaval de los barrios en Medellín, hablando y proponiendo una forma distinta de vivir. Catarsis de vida El carnaval es la fiesta de la carne, alegría, libertad, encuentro, reconciliación, erotismo y suspensión de la realidad. Es, según Gonzalo Medina, docente de Comunicación Social de la Universidad de Antioquia y estudioso de algunos carnavales de Brasil, un acto de desfogue, de locura y una forma de exorcizar el miedo. Es “una catarsis social”, explica Edgar Bolívar, quien añade que una sociedad sin fiesta está enferma. El carnaval cuestiona el orden, todo es permitido, “entra a regir eso del mundo invertido, pero no por ello es un desorden, es otro orden”, enfatiza Bolívar. Pero es “un desorden creativo que causa felicidad”, expresa Rafael Bassi Labarrera, un barranquillero que declara ser hijo del carnaval y para quien esta fiesta ha sido una pasión. Todos a celebrar Los conceptos del Gordo coinciden con Bolívar al referirse a las transformaciones de la ciudad. La inclusión social, el respeto y el derecho a la celebración favorecen la realización del carnaval. Es como la marcha por la vida y la diversidad sexual, realizada por primera vez en el 2007 y en el cual participaron, según Humberto Tobón, director ejecutivo del Grupo LGBT de Antioquia, quince mil personas. Gonzalo Medina sostiene que para Medellín es necesario un carnaval, dado que “la ciudad ha sido gobernada por preceptos conservadores, religiosos y excluyentes” y un carnaval sería la celebración del encuentro. García fija su mirada en su poema. Suspira. Los obstáculos, dice, son muchos. “Yo sé que nosotros podemos tener enemigos. Hay temor de que los barrios se tomen el centro de la ciudad y dirán que somos unos endemoniados y que el carnaval será una locura… pero en realidad será un desatín (sic) por la vida”, concluye. Luz Marina Jaramillo, quien a pesar de no ser muy optimista con la cristalización de la fiesta, piensa que Medellín sí podría tener un carnaval, mínimo, en diez años. Un problema, para Jaramillo, es que la ciudad no tiene un espacio histórico ni simbólico para su realización. Explica que “los carnavales no arreglan ni la violencia ni la pobreza ni el hambre ni la división social. Son solo burbujas especiales de oxígeno”. Para el sociólogo Juan Gonzalo Marín, el carnaval dentro de la cultura paisa ha sido visto como libidinoso, “porque aquí que una mujer muestre los senos o que haga una parodia de un acto sexual en un espectáculo de estos, se ve horrible, porque nosotros - entre comillas- no practicamos eso por las buenas costumbres. Aquí tenemos unas costumbres que riñen con lo que se supone que debe ser un carnaval”. Marín añade que “el carnaval tiene una carga sexual grande y esto es lo que nuestra cultura tiene más escondido. Pero sí lo sacamos, esto se vuelve un recarnaval”. Arturo Villa, un antioqueño de pura cepa, respalda esa afirmación: “a nivel de trago, putería y baile Medellín está hecho. La cuestión es que la gente no se muestra mucho, somos demasiado mojigatos y conservadores”. Hace falta un carnaval En el libro Fiestas y Carnavales en Colombia de los compiladores Édgar Gutiérrez y Elisabeth Cunin, se señala que en Colombia se realizan cada año unas 3.730 fiestas, de las cuales 143 se denominan carnavales. Aunque Medellín ya cuenta con la Feria de las Flores y el Desfile de Mitos y Leyendas, estas fiestas no son consideradas como carnavales. La diferencia es que los carnavales no solo presentan un espectáculo, sino que involucran al público. “Todos pueden volverse protagonistas en ese performance colectivo; es suficiente ponerse una máscara, bailar en la calle, colarse en un bunde sanpachero, prender una vela al diablo, tocar en una papayera…”, indican Gutiérrez y Cunin. Herman Montoya, coordinador del programa Memoria y Patrimonio, de la Secretaría de Cultura Ciudadana de Medellín, afirma que el carnaval sería la posibilidad de lograr que la gente se vincule de manera activa a una fiesta popular. Pedazos de carnaval Una manifestación carnestoléndica de Medellín se hace en Rumbantana, un bar y centro cultural de la ciudad “donde la música se viste de sabor” y que hace cuatro años realiza una noche de carnaval de Barranquilla en el local. El carnaval, dice Sergio Santana, propietario de Rumbantana, nació como iniciativa para que los “barranquilleros que no pudieran ir a su carnaval se vinieran para acá. También es para que las personas que nunca han ido a una de estas celebraciones sepan cómo es”. Eso, para Santana, es la liberación del espíritu, más que “una bebeta”. En el fútbol también se encuentran manifestaciones de carnaval. “Cuando se pintan el rostro, cuando usan ropas estrafalarias y usan sus banderas y pitos”, explica Bolívar, aunque aclara que ningún carnaval termina en violencia, agresión o muerte, como sucede algunas veces en esta fiesta deportiva. “Un ritual de vida” El Gordo sueña el carnaval como “la curación colectiva a ritmo de tambor”, en una ciudad que se proyecta como competitiva, incluyente, solidaria, de oportunidades, educada y cultural. Tal como lo señalan Gutiérrez y Cunin: catarsis colectiva, ritual propiciatorio de una religión o jolgorio colectivo.Sea como sea, el carnaval se presenta como escenario privilegiado para una dramatización colectiva, donde ridiculizar el mundo presente, añorar los tiempos de antaño o perderse en ensoñaciones de futuros posibles. Más que simplemente evocar costumbres en vía de extinción, el carnaval pone al día el pasado y lo proyecta hacia el futuro. Futuro es lo que le espera a Mi Ciudad de Colores. Ya tiene doce años de pasado y es posible que aún le falten 88 para hacerse presente, pero de todas formas El Gordo García lo disfrutará, ya sea desde su barriada o desde el cielo, encima de un arco iris sin fronteras. |